Se conocían desde hacia tanto tiempo que ni ellos mismos se acordaban de como habían llegado a ser amigos. Puede que todo surgiera a raíz de una atracción sexual. Al fin y al cabo, todas las personas con las que coincidían pensaban, en un principio, que eran pareja. Sin embargo, cuando uno llegaba a conocerlos quedaba claro que aquello nunca podría suceder ya que siempre hablaban de cosas insignificantes: él hablaba de sus ideas sobre como arreglar el mundo a través de la política, del sin sentido de las guerras, y de lo fácil que sería solucionar el hambre en el mundo; ella hablaba de cosas más importantes en su vida como donde le gustaría vivir cuando tuviera marido, de como el trato discriminatorio a las mujeres le había llevado a tomar la firme convicción de que jamás aprendería a cocinar... pero sobretodo, la conversación por excelencia era la importancia que tenía en su vida el reloj que le dejó su abuela como herencia cuando sólo tenía doce años. Decía, que a pesar de que lo llevaba tantísimas horas en su muñeca, jamás había visto las manillas dos veces en la misma posición, siempre había un reflejo o una sombra que la hacía distinta; es por eso, que siempre que le preguntaban la hora, ella, ajuntaba la fecha completa.
-Es sólo un reloj- decía él.
-No, es el tiempo.
A pesar de que pasaban casi todo el tiempo juntos, un día cualquiera (para ella el sábado 31 de octubre de 2000 a las 3h 45´56´´) ella consiguió echarse un novio guapo y tonto que la seguía como un perro faldero allá donde fuera.
Todas las tardes salían los tres a pasear por el parque y mientras ellos tenían sus mismas conversaciones triviales, el novio iba cogido de su mano derecha con la vista perdida en el infinito, sin abrir la boca en ningún momento y así, poco a poco, fueron pasando segundos, minutos, horas, días y años en las manecillas del reloj.
El día 31 de octubre de 2005 a las 00h 00´00´´ mientras ella se arreglaba para salir a celebrar su aniversario con su ya marido, recibió una llamada de éste advirtiéndole que no podría ir, que tenía que cumplir con sus obligaciones en la oficina, que saliera ella y que se lo pasara muy bien. Colgó y descolgó el teléfono en un instante; llamó a su amigo, para ver si estaba dispuesto a hacerle compañía, y así fue.
El transcurso de las horas fue pasando rápido y feliz tras las mismas amenas conversaciones de siempre.
-¿qué hora es?-preguntó él
-Caramba son las tres y treinta y dos minutos del...
-Ya sé que día es, gracias.
-Tengo que marcharme, solo me quedan trece minutos cincuenta y seis segundos para poder estar en casa con mi marido.
Así terminó su encantadora velada.
Cuando llegó a casa, entró sigilosamente al baño y allí se refrescó, se puso cómoda desnudándose de sus joyas y su reloj y fue dirección hacia su habitación, entonces empezó a oír un horripilante y constante chirrido similar al de un muelle oxidado, desquiciada por el insoportable ruido se puso a buscar su origen, tras veinte minutos de búsqueda llego a la conclusión de que el sonido no venía de su casa sino que tal vez pudiera venir del vecino de arriba que esa noche como tantas otras había tenido suerte y había logrado llevar una nueva adquisición a su vieja cama. Cuando ya se disponía escoba en mano a pegar golpes al techo para que el sonido cesara, paso por la puerta de su propia habitación y pudo ver como había una mujer de protuberantes y artificiales pechos beneficiándose a su marido.
Aquella imagen la martirizó, su primera reacción fue salir corriendo de su casa dando un portazo y sin rumbo fijo.
Tras estar horas vagando por las calles desbordándose entre lágrimas fue a casa de él, cuando la puerta se abrió ella tenía sus manos en la cara para impedir que él viera sus lágrimas. Él la cogió por las muñecas y notó que su muñeca izquierda no estaba tan fría como normalmente y le preguntó:
-¿Qué te pasa?
-He perdido el tiempo.
En un acto reflejo él bajó la vista hacia las muñecas de ella y volvió a mirarla a los ojos.
-No te preocupes, mañana buscaremos tu reloj.